
Lo que pretende ser un simple almuerzo en el Schopdog, un restauran a la usanza de los cuarenta y cincuenta, se transforma en un viaje a través de las más dichosas décadas.
Sus mesas parecen las de un antiguo tren. Relojes antiguos, patines, letreros, radios y toda clase de antiquísimos artilugios coexisten en las pobladas paredes del local, transportando al cliente a un mundo distinto, ajeno al ruido característico del mall Plaza del Trébol, como si sus puertas fueran un abismo, donde la dimensión temporal se alterara. Tengo la impresión de que pronto entrará Marty McFly con ese vestuario tan suyo y súbitamente vislumbro a un señor con un atuendo similar al personaje de “Volver al Futuro”. Las épocas se mezclan en un ambiente cálido, el mejor escenario para que exquisiteces como el pollo grillé asistan a una fiesta para el paladar.
La palta reina, como buena monarca, es la adoración de las más deliciosas verduras frescas, mientras que la ensalada César es un plato digno de un emperador, variado, bien presentado y abundante. Otro miembro de la realeza, el Filete Duquesa se luce junto a un guiso de verduras, y se presenta de la mano con el clásico bistec a lo pobre, seguido por una canasta de chorizos reposando sobre una multitud de papas fritas, como si fuesen el público de un concierto de rock.
Para quienes gusten de platos más contundentes, el sándwich de filete campesino desborda deliciosos ingredientes, aunque en la batalla por los paladares no puede contra el arrogante sándwich lomito italiano, cuyo evidente exceso de carne, tomate, palta y queso termina por convencer a los clientes. Hasta los hot dogs son exclusivos y presumidos en este local: se pasean luciendo altivos trozos de carne picada y cebollines, entre otras sofisticadas mezclas, sin menospreciar al clásico italiano que los embarcó en este expreso por el tiempo.
Por mi parte, me decido por el atún naturista, que sumergido en perfecta meditación, dirige a una palta plebeya, un montón de lechugas taciturnas, un huevo resignado, palmitos enamorados, tomates tiernos y el arroz más blanco, a quienes la mayonesa y el limón proponen acompañar. Disfrutando su mezcla de sabores, mi amiga y yo también meditamos, embobadas mirando al amable mesero, que nos brinda un trato preferencial y, un tanto sonrojado, posa para las fotografías que ella le toma.
A mi izquierda un jinete me sonríe desde un afiche de “Mobilgas”, mientras que el cantante posicionado junto a mi mesa, deleita a los comensales con los éxitos de Arjona y Sin Bandera, mientras controla su propia música como un experto discjockey. Su escenario lo constituyen paredes repletas de las fotografías de las más bellas chicas y los más viriles galanes, engominados y bien vestidos, no como los de ahora, con pantalones que no alcanzan a cubrirles las pompas, y largas cabelleras desordenadas que me obligan a lamentar no haber nacido 50 años antes.
Si lo que desea es celebrar, un pisco sour con tabla clásica es una buena alternativa. Jamón, palmitos, aceitunas, queso y galletas junto a la más deliciosa mayonesa que no se pierde ningún evento, son los integrantes de este montaje culinario. Aunque no son pocos los que prefieren una pitcher con tabla mediterránea.
Pecado sería olvidarnos de los postres que es posible agregar al banquete por unos pocos pesos más, tres leches y selva negra son algunas de las variedades. Precisamente eso observábamos, lamentando el que nuestro reducido presupuesto no hubiera alcanzado para un tiramisú, cuando el mesero de nuestros amores se acerca sonriente y nos sirve un gran trozo a cada una. Nosotras nos miramos y honradamente le explicamos que no los habíamos pedido, pero él se encoge de hombros, sonríe y murmura “no importa”, dejándonos aún más derretidas y comprometidas para regresar.
Un sitio para permanecer, el tiempo transcurre a un modo distinto, sin las prisas del nuevo milenio, comer es un placer, conversar un deber, observar una delicia. Sin duda: un lugar diferente.