Sábado por la tarde. Algo extraño se respira. Me sentí libre y, por un momento, aliviada, inhalé un poco de ese aire puro, nuevo y anhelado ¡Hasta qué punto había llegado la invasión a mis pulmones! Estuve oprimida, no por la gravedad- como rezaba la propaganda-, sino víctima del cigarrillo y, desde ese día, como el resto de los no fumadores, podría festejar el destierro de las toxinas tabaqueras donde no pueden dañarnos.
Absorta en inusitada nostalgia, recordé dramáticos momentos en que sentí esa sustancia, asquerosa para mí, apoderarse de mi ropa, mi piel, mi pelo; invadir mi sistema respiratorio, posándose definitivamente- ¡ay, mi Dios!- en mis pulmones, envolviéndolo todo, como una plaga. Pero, desde entonces, ya no debía sufrir, resignada, una vida más corta de lo presupuestado, producto del veneno que absorbía a diario de mis conciudadanos. Llena de júbilo ingresé a una galería, declarada para NO fumadores por un glorioso letrero. Todo era perfecto.
Sin embargo, un olor bestial, nauseabundo, y tan bien conocido me extrajo del limbo en que me hallaba, devolviéndome a la cruel realidad ¡Qué ingenua había sido! Lamenté haber idealizado el rigor de la justicia chilena, y comprendí que las leyes están para quebrantarlas, y que el mercado negro ha existido desde que existe el comercio. Suspiré, y al pasar frente a los fumadores no me atreví a encararlos, ¿para qué? Nada ha cambiado, vivo en el mismo Chile. Roguemos al Señor, no fumadores, que nos libre de la tentación de morder la manzana de la nicotina.

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