Tal como veo ahora, no se si fue como soñé verme. Porque en ninguno de aquellos sueños sentí o pensé como ahora. No es que no haya tenido sueños maravillosos, los tuve por cierto, y jamás he dejado de tenerlos. Son mi único vicio- si omitimos el café y los chocolates-, mi única adicción y mal. ¿Mal? hasta donde he vivido no me han traído demasiadas consecuencias negativas. Sólo un largo medio año de amarguras que se me hizo eterno, a una edad donde todo es eterno y fuerte, y o es muy gris o es muy rosa, o celeste... o del color que cada uno prefiera. Pero precisamente el recuerdo de los sueños perdidos, negados, deshechados por la fuerza y los reproches fue lo que me mantuvo a salvo del veneno que emanaba a mi alrededor. Fueron esos sueños rosas los que me mantuvieron a salvo en una burbuja con poco espacio para respirar, entre nubes grises como las de industrias de por aquí.
No sé en que punto de esta historia aparece el principe azúl, como los de cuentos. Pero creo que en mi corazon siempre estuvo el anhelo de ese amor dulzon, inocente y perfecto. Al contrario de lo que podía esperarse, en el año de exilio familiar y social (autoexilio), el principe aquel no se esfumó, permaneció animando mi lápiz a escribir más que nunca, permaneció en mis cuadernos de dibujo repletos de sueños, permaneció en mis sueños tristes y desolados, en tardes larguísimas de veranos sola, en cada una de las lágrimas que derramé sobre una almohada fría, imaginando que me abrazaba fuerte, sólo eso, y susurraba que nunca me iba a dejar sola.
Sola, no lo estuve jamás. Mi corazón tenía fe infinita, en Dios, y en la vida, supongo. Fuerte ahora soy por eso (jajaja... otra vez hablando así). Cuando llegaron los sueños rosas y celestes, y muy multicolores, la princesa triste y sola era fuerte, creía, pero descubrió que era tan frágil que sólo bastaba un minuto de descanso para caer y llorar todo lo soportado en soledad ese año largo.
Entonces cual payaso, cual heroina de fábula, se transformó sin proponerselo en un ser demasiado alegre... tanto que a algunos le encantaba y otros no le creían... la verdad no se daba cuenta, todo era para ella, sinceramente perfecto ahora. Estaba sola y si no lo has estado no podías comprender tanta alegría. No sabía quien era, por ende, no se creía merecedora de nada, menos de aquella nueva oportunidad regalada.
Y cuando el principe real llegó se permitió por primera vez en tanto tiempo ser caprichosa, vanidosa, y superficial, sólo para poder terminar de creerse que era real, que existía aquel sueño rosa. Una vez que el joven sueño hubo demostrado sus cualidades extraordinarias, que le permitieron a la princesa cerciorarse de que era el mismo, aquel que secaba sus lágrimas y la acurrucaba para que se durmiera, aquel que le prometía cuidarla siempre, aquel, el único que no participó del exiliarla, aquel, el único de quien ella jamás se alejó, el único sueño que resguardó ante todo, lo único que nadie le podía quitar.... ella le entregó su corazón... para siempre.
septiembre 23, 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario